Imaginemos una familia que enfrenta constantes dificultades. En ella hay dos hermanos que crecen en medio de pobreza extrema, con desnutrición, pocas posibilidades de estudio, experimentan la violencia de manera constante y les tocó enfrentar la muerte de un hermano mayor. Los dos fueron criados por los mismos padres quienes aseguran que no hicieron ninguna diferencia en el trato.

Con el transcurrir del tiempo, uno de ellos continúa viviendo con limitaciones económicas y en un entorno violento. El otro, en cambio, ha logrado vencer varios obstáculos, se hizo profesional y hasta abrió su propia empresa. Nunca, a pesar de todo, reprodujo patrones agresivos.

El caso podría sonar extremo, pero los científicos lo han visto de cerca. ¿Cuál es la diferencia entre estos dos hermanos? Los especialistas en ciencia y salud mental lo definen en una palabra: resiliencia o mejor dicho la capacidad de sobreponerse a los embates de la vida y luchar contra ellos.

¿Por qué esto se da con mayor facilidad en algunas personas que en otras? La respuesta, según la ciencia, podría estar en una combinación de factores ambientales, genéticos y de sustancias generadas por el cerebro. Sin embargo, todavía hay mucho misterio por resolver.

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“Podemos comenzar aclarando que ninguna persona tendrá una crianza igual que sus hermanos. Podrán haber nacido en el mismo hogar y con los mismos padres, pero las condiciones nunca son iguales”, explicó Ann Masten, especialista en neurobiología de la Universidad de Minnesota, quien durante años ha investigado el tema de la resiliencia en niños en condición de pobreza y en quienes tienen hogares temporales, viven en refugios o en edificios abandonados.

Ella insiste en que todo influye, desde una enfermedad que le impidiera a una madre estar más cerca de su bebé o que al momento en que el niño nacen la familia viviera una crisis, se enfrentaran las consecuencias de un despido laboral o la muerte de un ser querido.

“Incluso la edad que tenían los padres durante el nacimiento del bebé o hasta el orden en que esa persona vino al mundo (primer hijo, segundo, tercero…) influye”, agregó Masten en un seminario para periodistas en la Universidad de Columbia en Nueva York del que La Nación fue parte.

Stacy Drury, especialista en psiquiatría infantil, piensa parecido. “Muchas veces hay cosas que vienen determinadas desde la gestación. Por ejemplo, las mujeres que sufrieron depresión durante el embarazo experimentan un mayor riesgo de que sus hijos tengan mayores niveles de cortisol (la llamada ‘hormona del estrés’, que se activa en momentos de tensión) a los tres meses de nacidos”, explicó.

De acuerdo con la especialista, el mantener niveles muy altos de hormonas relacionadas con el estrés, puede generar algún grado de impacto en el cerebro y causar que la persona en un futuro sea menos tolerante ante las adversidades.

Katie McLaughin, directora del laboratorio de estrés y desarrollo de la Universidad de Washington dice que se ha visto que “si los papás se exponen a la adversidad, es más probable que el cerebro de sus hijos sea más sensible a peligros potenciales”.

Bajo lupa

Varios científicos han profundizado en el rol de las hormonas en la resiliencia y cómo estas generan algún tipo de impacto en el cerebro, tanto de niños como de adultos.

Por ejemplo, en julio pasado, la revista Proceedings of the National Academy of Sciences publicó un estudio de la Universidad de Duke en el que se analizó a 154 menores soldados y a 136 chiquitos que experimentaron guerras siendo civiles. A todos se les dio seguimiento durante cinco años.

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A los participantes se les examinó para ver si registraban síntomas de estrés postraumático, se les tomaron muestras de sangre y se les hizo una resonancia magnética cerebral.

Los científicos analizaron la llamada Respuesta Conservada Transcripcional a la Adversidad (CTRA, por sus siglas en inglés), que se caracteriza por un aumento de la expresión de genes implicados en la inflamación.

Los científicos vieron que los niños con niveles menores de CTRA tenían una mayor resiliencia y no presentaban estrés postraumático. En cambio, los niños con niveles altos de CTRA presentaban el cuadro opuesto.

¿Habilidad natural o aprendida?

¿Cuán innata es la adaptabilidad ante hechos negativos y cuánto de ella es más bien aprendida? Por años, la ciencia se inclinaba a pensar que la mayor parte de los seres humanos son resilientes por naturaleza desde su nacimiento y mantienen esta actitud de adultos, pero las investigaciones más recientes ponen esta hipótesis en duda.

Una investigación de la Universidad Estatal de Arizona, publicada en marzo del 2016 en la revista Perspectives on Psychological Science, debate si realmente la respuesta usual de una persona ante las dificultades de la vida sea sobreponerse.

Los investigadores tomaron datos de un estudio sobre salud mental y emocional en Alemania con más de 2.000 personas en las que se veía cómo estas salían adelante después de situaciones difíciles.

“Vemos que la mayoría de los individuos, cuando se enfrentan con una tragedia grande, como una muerte cercana, un divorcio o el desempleo muestran fuertes niveles de descenso en su bienestar, y ese descenso puede durar varios años. No es tan sencillo reponerse, no es cierto que a la mayoría le sale de forma natural salir adelante tan rápido”, comentó a la prensa Frank Infurna, uno de los autores del estudio.

¿Qué ocurre en los niños? Masten asegura que la resiliencia es mucho más común de lo pensado durante la primera infancia (antes de los cinco años de edad), ya que los menores tienen una alta capacidad de adaptación y muchas vías para lograr la resiliencia, especialmente si cuentan con apoyo en su hogar y en su centro educativo. Sus cerebros son más moldeables.

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En ese sentido, Kimberly Noble, del laboratorio de neurocognición, experiencia temprana y desarrollo del centro médico de la Universidad de Columbia, dijo a La Nación: “hay niños que nos impresionan todos los días porque en medio de su pobreza y sus dificultades logran incluso destacarse como los primeros promedios del aula. Son excepciones, es cierto, pero nos demuestran que las situaciones difíciles no condenan a todos los menores a un pobre desarrollo cerebral o a condiciones adversas durante toda su vida”.

Masten tiene evidencia de que esto es así. Durante una investigación que hizo con niños cuyas familias no tenían un hogar donde vivir (y que en su gran mayoría experimentaban pobreza extrema, desnutrición, y, en algunos casos, violencia), notó que había chiquitos que destacaban académicamente.

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Ella y sus colaboradores estudiaron a 93 familias que no tenían un hogar, en ellas había 159 niños. Las compararon con 53 familias con 62 niños que, aunque estaban en situación de pobreza, sí tenían un lugar donde vivir e ingreso suficiente para cubrir las necesidades básicas.

Así vieron que, aunque se tomara el 100% de los alumnos sin hogar, su rendimiento académico como un todo era menor al del grupo con hogar. No obstante, el 60% de los estudiantes sin hogar presentaba un rendimiento académico dentro del promedio y un 20% superaba la media de las calificaciones a nivel nacional.

¿Qué sucedía con este pequeño grupo? Los investigadores apuntaron una combinación de factores: desde las habilidades individuales del menor, el apego hacia sus cuidadores y cómo estos se involucraban en los estudios, una mejor relación con sus maestros, amigos y compañeros.

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Los científicos también tomaron muestras de saliva para determinar marcadores de estrés, como el cortisol (hormona relacionada con tensión). Sin embargo, consideran que aún se debe analizar más el tema.

¿Cómo ayudar a los niños?

Aún si biológicamente la persona no posee características innatas que le predispongan a la resiliencia (constitución cerebral, genes u hormonas), esta habilidad sí puede desarrollarse. Los adultos cercanos a un niño pueden potenciarla.

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1- Cree una red familiar fuerte. Es vital que los menores se sientan protegidos por sus padres, sus abuelos sus tíos y hermanos mayores, y que puedan también crecer relacionándose con primos o hijos de amigos de edades similares.

2- Enséñeles a cuidarse. Dé usted el ejemplo cuidando de su salud y que sus hijos entiendan que esto es importante. Hábleles de la necesidad de amarse a sí mismos y estar al tanto del bienestar físico y emocional.

3- Motive el autoconocimiento. No importa la edad que tengan, enséñeles a identificar qué les gusta y qué no, cuáles son sus habilidades y sus limitaciones y cómo pueden aprender de ellas.

4- Motívelos a ayudar. Asígneles tareas adecuadas para su edad y que le ayuden a usted o a otra persona. Esto no solo los convertirá en personas solidarias, también los hará ver cuán útiles pueden ser.

5- Fomente una actitud optimista. Incentívelos a analizar lo bueno de cada dificultad y cómo pueden aprender de ella.

6- Recuérdeles cómo en el pasado ya han salido adelante de los problemas. Esto los hará sentirse capaz de afrontar los obstáculos y a no dejarse vencer.

7- Enséñeles que el cambio es parte de la vida. A muchos chicos les puede costar adaptarse a lo nuevo. Entonces hágales ver desde pequeños que los cambios son naturales en la vida y van a tener que pasar por muchos de ellos.

8- Motívelos a trazarse metas y plazos. Cada reto debe plasmarse según la edad del menor. Se recomienda fijar una línea de tiempo, analizar metas y estableces un plan B en caso de que la idea original no salga bien.

9- Hágales ver la importancia de la amistad. Motívelos a que sean sociables con otros niños de su edad y a que resuelvan sus problemas juntos.

10- Recuérdeles que no son perfectos. Hágales ver el valor de equivocarse, de caer, de levantarse y de aceptar que tienen defectos, pero que eso puede impulsarlos a ser mejores.

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