Cuando a Stacy Drury le pusieron en sus brazos a su primer hijo ella ya se había graduado en Medicina, tenía especialización en genética e iba a la mitad de la formación en pediatría y psiquiatría infantil. Sin embargo, nunca había sido madre y sintió miedo.

“¡Ay! ¡Solo espero no arruinarte la vida!”, dijo al ver al recién nacido.

Dieciséis años después, esta especialista en genética, neurodesarrollo y psiquiatría infantil de la Universidad de Tulane, Estados Unidos, y coordinadora del laboratorio de desarrollo en primera infancia de dicha casa de estudios bromeó con el tema en un curso para periodistas dictado en la Universidad de Columbia, Nueva York, del que La Nación fue parte.

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“Por más formación académica, no tenía la menor idea de cómo ser madre. Pero todo resultó bien, él y su hermana son adolescentes con todas sus facultades, estudiosos y no son tan locos como su mamá”, dijo entre risas. Luego agregó: “la madre naturaleza sabe cómo guiarnos para hacer nuestro trabajo, y a esto se le suman nuestras experiencias a lo largo de la vida”.

Especialistas en diversos campos de la primera infancia concuerdan con ella. Por herencia o por costumbre  nos criaron parecido a como nuestros padres fueron criados, y ahora, criamos a los hijos de la misma forma en la que ellos lo hicieron con nosotros.

Esto puede ser bueno o malo, según el ángulo con que se mire. Nadie es mal papá o mamá porque quiere serlo, pero muchas veces el ambiente o lo que por tradición hemos visto como normal nos lleva a hacer cosas que pueden dañar a nuestros hijos e interferir en su desarrollo, sostienen los expertos. El cerebro sería uno de los principales afectados.

“Solo la educación y el informarnos bien nos hace mejorar lo que, sin querer, hacemos mal”, advirtió Raja Dajani, doctora en biología celular y molecular en Jordania.

“En mi país hace muchísimos años se decía que si un niño pequeño hacía berrinche había que dejarlo sin comer. Hoy sabemos que el privar de alimento a los menores más bien afecta sus cerebros. Creo que todos los países tienen sus propios ejemplos”, apuntó.

Primeros mil día, claves

Por esta razón, científicos de diversos campos, pediatras y educadores coinciden en que las investigaciones en primera infancia son vitales paras saber cómo actuar y no interferir en el desarrollo de los menores.

“La evidencia científica nos dice que ‘entre más conexiones cerebrales se formen, mejor futuro’, ¿pero cómo traducimos eso en acciones? Lo primero es tener por certero que la biología y los genes con los que un niño nace no son todo, también está toda esa parte de las interacciones con otros seres humanos. El amor, los cuidados y los juegos que tenemos con nuestros padres y familiares ayudan a moldear el cerebro los primeros mil días”, manifestó Claudia González, representante del Fondo de Naciones Unidas para la infancia (Unicef).

David van Essen, doctor en Neurociencias de la Universidad de Washingtony director del Proyecto de Conexión Cerebral Humana, indicó que el lapso de tiempo que va desde la segunda mitad de la gestación y los primeros tres años de vida, es vital. En ese momento las interacciones con los adultos que están alrededor del bebé son primordiales.

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“¿Qué hace que el cerebro humano trabaje para que seamos tan únicos como especie y que cada uno de nosotros sea tan diferente? Es cierto que el 80% de ese órgano es masa cerebral y apenas un 20% son neuronas, pero estas neuronas logran al menos 150 millones de sinapsis (conexiones) al día en los primeros años de vida, ya de adultos podemos hacer 10.000”, afirmó el especialista.

Además, agregó: “si vemos un cerebro notaremos que este tiene ‘dobleces’; estas conexiones las forman, no todas las conexiones tienen la misma intensidad, pero todas son vitales. Hasta el momento se han descubierto más de 180 zonas en el cerebro, y todas requieren de estas conexiones”.

¿Cómo se forman estos dobleces? Para van Essen, esto se debe a una combinación de múltiples factores, entre los que destacan los genes, el ambiente (el clima, posibles enfermedades, desastres naturales, pobreza, nutrición) y la interacción que se tenga con otros seres humanos.

“El papel que tenemos como adultos es inmensamente grande. Si tenemos hijos, nuestra responsabilidad es enorme, pero quienes no tienen hijos tampoco pueden escudarse. Como sociedad la responsabilidad es de todos, seamos tíos, amigos o vecinos de estos niños, también está en nosotros cuidar de ellos”, indicó Ann Masten, especialista en neurobiología.

Emociones y alimentación, todo cuenta

A través de las interacciones con los adultos en sus primeros 1.000 días de vida, los niños no solo aprenden un idioma (o idiomas), juegos o a reconocer quiénes son sus familiares y amigos. El accionar de los adultos les da herramientas para la vida.

“Tal vez nosotros no nos percatemos, pero eso que decían las abuelas de que diéramos el ejemplo, es cierto. En sus primeros años de vida los niños aprenden con la imitación. Aunque ellos no se percaten, captan de la forma en la que tomamos decisiones y de cómo regulamos nuestras emociones: nuestra forma de reaccionar a los problemas, si respiramos hondo o si más bien pegamos gritos ante la frustración, todo eso lo van aprendiendo. No solo es un asunto de costumbres, también de la arquitectura cerebral y cómo esta se moldea”, aseveró Masten.

Maureen Black, del centro de nutrición humana del Instituto Johns Hopkings piensa parecido. “Antes de los dos años de edad es cuando se aprenden los hábitos, es el momento ideal para trabajarlos. Después de esto no quiere decir que no puedan trabajarse, la capacidad del cerebro humano para adaptarse es maravillosa, pero será un poco más difícil”, agregó.

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Para Masten, esto de la regulación de las emociones es uno de los componentes fundamentales: “aún en la pobreza extrema, si el niño recibe amor y cuidados y ve padres que saben cómo regular esas emociones, puede haber desarrollos cerebrales óptimos, el cerebro en estas etapas tiene una alta capacidad de adaptación”.

Dentro del desarrollo cerebral, la nutrición también juegan un rol importante. La lactancia materna (de ser posible exclusiva durante los primeros seis meses de vida y complementaria hasta los 18 o 24 meses), el incluir poco a  poco comidas variadas para que tengan todo tipo de nutrientes, el darles cantidades adecuadas para su edad y el ofrecerles cinco tiempos de comidas ayuda a los menores a desarrollar su capacidad cerebral.

“Los niños que no reciben la nutrición suficiente durante los primeros dos años, tienen mayor riesgo de problemas de crecimiento, y quienes ya los registran para su tercer cumpleaños, poseen más posibilidad de presentar dificultades académicas al llegar a la escuela, mayor cantidad de afecciones de índole psicológica y un desarrollo social menor”, aseguró Black.

Crianza con amor

Cuando se le pregunta a los especialistas por “tips” o consejos para criar mejor a un bebé o niño menor de tres años, muchos llegan a una misma conclusión: por más trillado o cursi que parezca, el amar a los pequeños es la mejor receta.

Dedicarle tiempo al menor (no solo calidad, también cantidad), hablarle mucho, jugar con él, darle tareas acordes con su edad, que escuche música, mimarlos y acariciarlos, así como guiar y corregir los errores con amor y haciéndoles entender su actuación, son excelentes estrategias para lograr resultados adecuados.

Por ejemplo, se sabe que los bebés expuestos a 2.500 palabras por hora (cuentan monosílabas y pronciadas por varias personas), generan más conexiones cerebrales.

No obstante, hay acciones que deben evitarse como los gritos (ya sea dirigidos al niño o hacia otra persona, el impacto al escucharlos puede ser muy fuerte, pues el oído del niño es más sensible) y las agresiones físicas.

Igual de contraproducente es aturdir al menor hablándole o estimulándolo muchas horas al día sin darle espacios para que esté solo o pueda descansar, y exigirle resultados que no están a su alcance.

Educar a otros adultos

¿Qué pasa en los casos en los que hay personas que, por bajos niveles educativos, pobreza, ignorancia o falta de apoyo no tienen herramientas para proporcionar una crianza saludable a los menores? Los especialistas tienen una respuesta: la sociedad, como tal, debería hacer algo al respecto.

“No podemos ver a los niños y decir ‘este no es mi problema, son los niños de alguien más’. La realidad es que son nuestros niños, los que están en nuestra comunidad, y de su buen desarrollo depende el futuro que tengamos como sociedad”, enfatizó Lindsay Adams, especialista en niñez del Banco Mundial.

En este sentido, instituciones como el Banco Mundial y Unicef proponen que a través de gobiernos locales y grupos comunales se les brinde educación a embarazadas y sus familias, para que ellas primero cuiden su salud desde la gestación y sepan cómo cuidar mejor a su bebé.

En el ideal de los casos, deberían tenerse facilidades de redes de cuido para que las familias tengan un lugar seguro dónde dejar a sus hijos mientras van a trabajar y a los programas de capacitación.

En este sentido, y especialmente en contextos machistas, es necesario educar y empoderar a los padres en los roles de crianza y cuido.

“Lo ideal es que este tipo de facilidades, donde tanto padres como madres sepan cómo cuidar mejor de sus hijos, puedan saber cómo cuidar de ellos mismos y tener una buena crianza, estén cerca de sus hogares y sean gratuitas. No podemos pretender que personas pobres que realmente deben luchar por comida en sus mesas todos los días puedan irse muy lejos de casa o deban pagar por esto. Debemos pensar también en las mujeres solas que muchas veces no tienen mayor apoyo”, enfatizó Adams.

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Los especialistas destacan que no se trata de juzgar a los padres y a las madres si no de buscar la forma de darles herramientas para una mejor crianza y qeu los niños tengan más calidad de vida.

“Debemos organizarnos como sociedad para darle el mejor cuidado a estos niños y a sus familias, no es un asunto solo de los menores, es de que ellos necesitan relaciones sanas a su alrededor para crecer mejor”, concluyó la especialista.

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