Juan Luis Mendoza

A estas alturas de la existencia de Jesús hay que destacar un fenómeno muy humano: las enormes multitudes que lo siguen, y que lo hacen no por la doctrina que predica con su ejemplo y palabra, sino por las curaciones. De ahí la reacción que observamos en el Pobre de Nazaret: se aísla de la gente y se entrega a la oración a solas. San Lucas lo sintetiza así: “Pero él se retiraba a lugares solitarios para orar” (Lucas 5,15). La expresión “se retiraba” denota, gramaticalmente, la costumbre de hacerlo habitualmente. Hasta en veintidós ocasiones he contado en el Evangelio, un libro relativamente pequeño.

¿Qué podría decir Jesús en su oración? El Padre Larrañaga pone en su boca lo siguiente: “Adonai, mi Señor, las voces de la noche ascienden hasta mi corazón, pero la voz de mi corazón asciende hacia ti. Padre mío, esta noche me siento rendido como un humilde jumento. Mañana quiero regresar a la batalla del espíritu, erecto como una torre y sonriente como el alba. Envíame cada alborada un ángel piadoso para que arranque de mi corazón los cardos y las ortigas, por si durante la noche el enemigo los hubiera plantado. Padre Santo, estoy metido en el punto exacto donde se cruzan las corrientes; no sueltes tu mano de mi mano, ni te olvides cada noche de cantarme la canción de cuna, y que nunca me falte tu mirada”.

A la mañana, después de pasar la noche en oración baja de la montaña a Cafarnaún, a la casa de un amigo donde solía hospedarse y donde acostumbraba también evangelizar. En esta ocasión, advierte san Lucas, que estaban “sentados fariseos y doctores de la ley que habían venido de todas las aldeas de Galilea, Judea y de Jerusalén” (Lucas 5,17). El relato completo de lo que pasó lo puede usted leer en el mismo evangelista, capítulo 5, versículos del 17 al 26. Se trata, en resumen, de la curación de un paralítico al que, primero, Jesús ha perdonado sus pecados. Perdón y poder, propios de quien es Dios, capaz de hacerlo.

Hay que ponderar el esfuerzo hecho por los cuatro hombres que transportan al paralítico en una camilla. Han de abrirse paso entre la gente que se apretuja a la entrada de la casa, para dejar al enfermo a los pies de Jesús que está dentro. Entonces se las ingenian para trepar al techo valiéndose de una escalera, abrir un boquete en él, y sosteniendo la camilla con gruesas cuerdas, dejar al paralítico delante de Jesús. 

Evidentemente, se trata de un espectáculo que sorprende sobremanera a los presentes. También Jesús pasa de la sorpresa a la admiración ante los hombres que han llevado a cabo semejante proeza movidos por su fe.

¿Y qué hace Jesús? Lo primero decirle al paralítico: “Hombre, tus pecados te son perdonados”. La verdad que el enfermo lo que espera y desea es que le curen. Ahora bien y según la teología judaica, un mal grave, como la parálisis, son fruto del pecado. Al remover el pecado, la causa, desaparece el efecto, la enfermedad. Jesús, actúa con lógica.

Apenas pronunciadas las palabras de perdón por parte de Jesús, los fariseos reaccionan airados y, rasgando sus vestiduras, comentan entre sí: “¿Quién es este que dice blasfemias? ¿Quién puede perdonar los pecados, sino solo Dios?” (Lucas 5,21). A Jesús le molesta la reacción y, mirándolos fijamente, les pregunta: “¿Qué es más fácil decir, tus pecados te son perdonados, o decir, levántate y anda?” Ante el milagro, los fariseos no tienen respuesta. Nosotros sí la tenemos: Jesús es Dios y puede perdonar pecados y hacer milagros. En efecto, les dice: “Pues para que vean que el Hijo del hombre tiene poder para perdonar pecados, dijo al paralítico: Yo te lo mando, toma la camilla y vuelve a casa”. Así lo hace, y la gente comenta: “Hemos visto cosas increíbles” (Lucas 5,26).

¿Y los fariseos? Tienen más bien un argumento más para perseguirlo hasta acabar con él.

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