¿Usted recuerda cuándo dio el primer paso? ¿Sabe cuál fue su primera palabra? ¿Tiene en mente dónde festejó su primer cumpleaños y quiénes estuvieron ahí?

Más del 90% de las personas responderán con un rotundo no. ¿Por qué? Porque en ese entonces estábamos tan ocupados produciendo neuronas y conexiones cerebrales, que no era imprescindible guardar recuerdos.

(Video) Nuevo especial de La Nación: cerebro en la primera infancia [side_to_side]

La ciencia ha comprobado que el mayor desarrollo del cerebro tiene lugar durante la gestación y los primeros tres años de vida. A partir de entonces, la evolución de este órgano se da, en su mayoría, para “fijar” lo que ya se había “construido”.

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Para profundizar sobre este tema, La Nación ofrecerá durante seis sábados consecutivos reportajes especiales  sobre distintas ópticas del desarrollo cerebral en la primera infancia, y cómo influye en este proceso la genética, la nutrición y las interacciones con las otras personas y el ambiente.

Este trabajo es producto, en gran parte, de ponencias que fueron dadas por especialistas en diferentes áreas del desarrollo infantil, durante un seminario sobre el tema en la Universidad de Columbia, Nueva York.

Dicho congreso fue organizado por el Centro Dart de Periodismo de esa casa de estudios, y contó con el respaldo de la Universidad de Harvard, el Fondo de Naciones Unidas para la Infancia (Unicef) y la Organización Mundial de la Salud (OMS), entre otros entes.

En esta primera entrega se repasará lo que le sucede a un cerebro humano durante su gestación y los primeros años de vida.

Formación clave

De acuerdo con Jack Shonkoff, profesor de salud infantil en la Escuela de Salud Pública de la Universidad de Harvard, en el vientre materno un niño es capaz de formar 250.000 neuronas por minuto y, al nacer, el número se eleva a 700.000.

Pero esto no es lo más importante; lo relevante son las conexiones que se crean durante este tiempo, que son más de 100 por segundo.

Recordemos que las neuronas tienen un rol vital en la formación del sistema nervioso, pero también determinan el sistema inmunitario y la forma de reaccionar ante lo que nos puede enfermar.

Una sola neurona no significa nada por sí misma, sino que cobra significado a partir de las conexiones con las redes del cerebro: estas conexiones son las que le permiten al ser humano desarrollar sus ideas y habilidades.

En los primeros tres años de vida, se forman más neuronas y conexiones que durante el resto de la vida. Por ello, de lo que se “construye” en esta etapa depende –en parte– la forma en la que se adquieren las habilidades en la niñez más tardía, la adolescencia y la vida adulta.

Esta formación es un proceso dinámico y tiene influencia de múltiples factores.

“La arquitectura cerebral es de los procesos más fascinantes que hay. Es dinámica, se adapta a cualquier cosa y siempre puede abrir nuevos caminos”, manifestó Shonkoff en una conferencia que dictó durante una cena para periodistas y especialistas en primera infancia.

¿Qué ayuda o afecta la formación cerebral? Es un compendio de varios puntos: la genética y la herencia, así como la nutrición, el ambiente y la interacción social con adultos, moldean el desarrollo de las células cerebrales y sus conexiones.

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“Hay que pensar en los genes como la materia prima, y en el ambiente y las interacciones con otras personas como la construcción. Los genes proveen una base, pero solo eso: no podemos decir ‘nació con buenos genes y no necesita mayores cuidados’, o ‘está condenado porque tiene malos genes’. La interacción que tienen los niños con los adultos es lo que realmente le dará uso a esos genes y ayudará o desmejorará el desarrollo cerebral”, puntualizó el experto.

Stacy Drury, especialista en psiquiatría y neurología infantil de la Universidad de Tulane, destacó lo mismo en su ponencia: “Lo que heredamos de nuestros padres es solo una parte, lo que vamos experimentando en nuestro alrededor activa o desactiva los genes y va dándole forma a nuestro cerebro”.

¿En qué influye lo que le cerebro construye en los primeros años?

Las habilidades que tenemos de adultos comenzaron a gestarse desde ese desarrollo inicial del cerebro en nuestra infancia temprana.

Un adecuado desarrollo ayuda a concentrarse y mantener la atención, a tomar decisiones y resolver problemas, a seguir reglas, controlar impulsos, tener paciencia y a fijarse metas. También a trazar planes y evaluar las acciones de cada plan.

“Gran parte de lo que somos en este momento se lo debemos a lo que formamos durante esos primeros años, en donde todo lo que nos interesaba era jugar, pero el juego es parte de todo ese engranaje. No nos dábamos cuenta, pero estábamos moldeando el cerebro que tenemos hoy”, explicó Claudia González, quien trabaja en la parte de desarrollo en primera infancia de Unicef.

La revista científica The Lancet publicó en octubre del 2016 una serie especial de estudios sobre la primera infancia, en la que destacó: “El desarrollo saludable de los niños pequeños depende de los cuidados y la nutrición que se les dé, pero es una nutrición que va más allá de la alimentación, e incluye cuidados responsables, seguridad, aprendizaje y calidez en la crianza”.

Crianza y ambiente

Para los especialistas, hay factores que pueden alterar de forma negativa el cerebro durante los primeros años de vida (esta fase tan crucial se extiende hasta los cinco años). Entre ellos figuran la pobreza, la desnutrición, vivir en un entorno violento, tener una enfermedad grave, ser testigos de agresiones entre sus seres más cercanos o ser víctimas de la violencia en el hogar, la muerte de un ser cercano, la exposición a un desastre natural y  experimentar un accidente, entre otras.

Investigaciones del Centro para el Desarrollo Infantil de la Universidad de Harvard realizados con más de 10.000 menores demostraron que el enfrentarse a uno o dos de estos factores simultáneamente no acarrea mayores problemas para el cerebro, el cual logra adaptarse sin problemas (solo 7% de los niños mostraron un rezago). En cambio cuatro o más podrían considerarse como “estrés” tóxico para el cerebro y generar inconvenientes en el futuro.

Por ejemplo, vivir tres factores de riesgo desencadenó en problemas académicos y en la falta de adquisición de habilidades básicas para el 18% de los menores. En quienes vivían con cuatro factores de riesgo, las dificultades del desarrollo se vieron en el 42% de los casos. El 76% de quienes convivían con cinco factores de riesgo presentaron una evolución cerebral inadecuada.

Ahora bien, en quienes tenían seis factores de riesgo, el porcentaje de males de desarrollo subió a 82%, y en quienes tenían siete, se elevó al 92%.

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¿Qué clase de problemas de desarrollo presentaban estas personas? En su mayoría era un bajo rendimiento escolar, pero también había quienes tenían menor capacidad de reaccionar de forma ecuánime ante un problema y solventarlo, tomar decisiones o hacer un plan B y poder tener relaciones humanas más constructivas.

“Cuando un ser humano se encuentra ante altos niveles de estrés, la respuesta del cerebro se aumenta. En un niño pequeño esto puede suceder ante cualquier cosa: un ruido fuerte, un sonido extraño, el encontrarse solo en una habitación. Entonces, el cerebro activa una alerta y usualmente también el niño llora; cuando un adulto llega a consolarlo, el nivel de estrés baja hasta desaparecer y el cerebro regresa a la normalidad”, explicó Shonkoff.

“¿Pero qué pasa cuando el adulto no llega, o cuando ese tipo de estrés es constante y las hormonas de alerta no bajan o suben más de la cuenta? Cuando un menor está bajo estrés tóxico, se reducen las conexiones cerebrales”, añadió.

La esperanza: hay formas de revertir el proceso

El que un niño esté bajo un estrés tóxico constante no necesariamente quiere decir que está “condenado” o destinado a un mal desarrollo. Todavía hay buena posibilidad de trabajar para mejorar las condiciones. Para ello se pueden utilizar técnicas de estimulación temprana, entre otras alternativas que ayuden a la adquisición o mejoramiento de destrezas.

Drury estudió, junto con compañeros del Hospital de Tulane y de la Universidad de Nueva Orleans, los cambios cerebrales que se daban en niños sometidos al estrés tóxico. Ellos vieron que había mayor actividad en la zona frontal del cerebro (relacionada con reacciones y toma de decisiones).

“Los cambios no son malos o buenos, lo que hacen es preparar a la persona para el ambiente en el que va a vivir y lo que posiblemente tenga que enfrentar”, señaló Drury.

A esto, ella añade que siempre se puede trabajar con los menores, aun cuando hayan sufrido en los primeros tres años de vida.

“Nunca es tarde para trabajar con los niños, pues su cerebro tiene un espectro muy amplio para desarrollarse. De los tres a los cinco años hay una gran ventana de oportunidad, y, aunque después de eso es menor, también puede trabajarse”, agregó.

Shonkoff concluye: A no ser que un niño pase siempre en alerta, siempre hay campo para procurar su bienestar y un mejor desarrollo. Los adultos somos parte importante de esto, su relación con nosotros es vital. No tienen que ser solo los padres: abuelos, tíos, primos, amigos, vecinos y toda la sociedad tiene la responsabilidad de luchar por el buen desarrollo de los pequeños”.

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