David Francisco Nani

Ya rige una edición más de la Copa de Oro. Acerca de este torneo deseo comentar un hecho pasmoso, hablo de la realización del certamen únicamente en un país, todas las veces y con escasas y mínimas variaciones. Resulta muy extraña la poca criticidad al respecto. Impresiona la clara diferencia con otras regiones. Tal vez influyen factores históricos. 

Solo Estados Unidos realiza la Copa de Oro. Ocasionalmente, emplean unas pocas sedes alternas para unos pocos partidos. Pero el torneo tiene sede única. Una idea muy divorciada de la realidad es dicha por algunos: únicamente en Estados Unidos el torneo tiene el suficiente quórum de aficionados. Esto es falso, si usted mira los partidos observará que no escasas veces las gradas están semivacías. Y, por otra parte, muchos de los demás países de la región, a diferencia de Estados Unidos, tienen una sólida cultura futbolística, por tanto la cantidad de aficionados allí difícilmente sería menor. En todo caso, si la idea es generar más dinero, que cambien formato y hagan torneo a visita recíproca.

Se argumenta la inseguridad de El Salvador, Guatemala u Honduras, idea inválida, porque Colombia realizó la Copa América aún durante tiempos difíciles, nada pasó; igualmente la eliminatoria de 1982 tenía de contexto las guerras, pero no fue impedimento para dar sede fija a naciones de Centroamérica, también sin suceso. Se dice que los países de la Concacaf no tienen medios para realizar el campeonato. 

Esto es falso. Trinidad y Tobago ya realizó un mundial Sub-20. Una Copa de Oro dista muchísimo de un mundial, constituye un torneo pequeño, merced al Ricardo Saprissa, el Morera Soto y el estadio de La Sabana, bien podría tener lugar enteramente acá, por lo menos alguna vez. Otra opción es una sede conjunta de Jamaica y Honduras; o bien, de Costa Rica con Panamá, o Trinidad y Tobago con Jamaica; El Salvador y Honduras con Panamá, etc. Pero solo se realiza en Estados Unidos. 

Esto resulta impensable en otras confederaciones. Una Euro con Alemania como eterna sede crisparía los ánimos de franceses, italianos, y muchos más. Una Copa América siempre en Brasil, ¡ocasionaría el boicot de Argentina y Uruguay! Pero Concacaf tiene una práctica distinta. ¿Tendrán que ver la historia y la geografía?

Nadie valora el cúmulo de oportunidades perdidas por no albergar un torneo internacional, el más importante de la región. Grandes oportunidades empresariales, también de promoción turística, todo se pierde. Esta falta de sentido crítico representa la práctica de una colonialidad. Desde luego, acudo a este concepto retomando propuestas psicológicas del pensamiento decolonial y no su posible visión sobre la empresa privada. La reproducción de sentimientos de inferioridad, poca valencia, el ocupar ayer y mañana también un puesto subalterno, todo esto pareciera influir. 

La colonialidad se expresa en el fútbol. Recordemos, salvo Oceanía (sin tradición futbolística) la Concacaf es la única zona donde hay diferencias económicas y sociales entre países que son abismales, con esto quiero decir que solo aquí dos países desarrollados están junto a una gran mayoría que no lo son. En Asia, las diferencias no son tan marcadas (salvo el poderío japonés), y la sede rota.

Realmente no existen verdaderas razones para darle siempre la sede a Estados Unidos. Esto da al traste con la equidad deportiva, el propósito del fútbol como espectáculo y, a la larga, con oportunidades de desarrollo futbolístico y empresarial en América Central y el Caribe. Aquí actúa una colonialidad. Porque renunciar a la organización de la Copa de Oro sólo reproduce la situación actual. ¿Para qué ver un torneo así? No dedico un párrafo más, porque considero que el fútbol es tema sobrevalorado, aunque la relación aquí analizada es interesante.

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